Revuelta

Desde mediados de los 30, en Nicaragua se crea una reputación y un modo de vivir clandestino e insurgente, disperso y desorganizado. Esto trajo consigo una actitud de disensión sociocultural para las generaciones posteriores en relación al poder, la pasividad social les era increpada únicamente por reformistas. El descontento permutó desde los últimos conflictos entre el liberoradicalismo y los conservadores en la década anterior, no es hasta 1940 y 1950 que, a raíz del terrorismo institucional, se percibe la radicalidad. Una generación que no quería trabajar ni consumir, no querían ser mozo ni terrateniente, no querían ser sustitutos vacíos de una vida cotidiana vacía, ni vivir bajo traición, solo pensaban en ver nacer a un niño bomba. Mientras se gestaban esos aires de conspiración, en 1956[1] se consolida las tentaciones de una revolución, aunque se arrastrara sin avanzar.

El sabotaje a la realidad burguesa no dejaría de extenderse, sin embargo, eran frenados por la guardia. Una y otra vez. Asesinados o desaparecidos cualquiera que se viese involucrado y, casi de forma cíclica, las multitudes acumulaban el deseo por el juego de inhibiciones que inducía el  Estado despótico. Incidiendo a una escala mayor en la historia, en el olvido y -posteriormente- a un retorno que permite que se pueda reconocer en el presente, aunque se manifiesten de maneras transformadas. Vivimos en tiempos complicados y caóticos, donde el desgaste da ventaja a las posturas de pura erudición academicista para reformar a su imagen, las experiencias habidas y por haber; desde limitar movimientos a pura indignación, elitizar la consciencia o hacer pasar luchas como si todas tuviesen un inherente núcleo revolucionario; en su mayoría pueden converger en su carácter economicista, que a todos les ha nublado la vista por su propia masividad y euforia, aun cuando pueden ser una transmisión del Estado para reformarse, podría referirse a alguna de estas como una reterritorialización por parte del Capital utilizando las facciones dentro de la burguesía nacional, otras simplemente nacen desde la ideología burguesa al carecer de referencialidad revolucionaria. En cualquier caso, el significado real de nuestras escenas es que rompieron el sistema de aislamiento (no individual, sino social o de clase), basado en el movimiento permanente característico del control urbano moderno: gobernar-dividir y logró en gran medida convertir unos lugares públicos, en medio de la ciudad o el campo, un pequeño enclave incontrolado de libertad (desde las cooperativas autónomas de Las Segovias en 1930 hasta las ciudades como Masaya, Jinotepe y Diriamba, con su breve proceso autónomo- insurreccional en 2018). Este remolino atrajo rápidamente a todos los elementos disidentes, aburridos y agresivos a estos espacios; aparecieron también periodistas y policías. En todas partes se escuchaban el sonido de los pies de vagabundos, artistas, estudiantes, criminales, de todos los que no quieren tener una carrera, los que sufren una vida irregular. Un ciclo constante de reanudaciones debido al desarrollo de la sociedad moderna, como resultado, nos reuniremos, reconoceremos intereses en común y actuar en consecuencia; los valores en los que se basará este re-valorizado lumpen y proletariado, producto del Estado de bienestar son, esencialmente, el absoluto disgusto por la petición de sacrificios por el “interés general” y la moralidad burguesa que le acompaña en pos de remediar la crisis;  por usar su ocio clandestino de manera experimental y aventurera, negando cualquier consumo alienante pasivo y aislado, de intereses parciales por parte del «egoísmo proletario» y que todo mundo se hunda o se joda en estas ciudades muertas y en nuestras ciudades de muerte. Esta actitud o, más bien esencia, subyace o encuentra su expresión temporal en las revueltas-sabotajes que se han encontrado en la Nicaragua contemporánea y sus crisis de las autoridades provocadas. En todas sus expresiones utilizaron un desarrollo a nivel axiomático, o sea, dentro de las determinaciones que disponen los poderes facticos o el sistema capitalista pero a su vez lo volvieron un juego de guerra, una imaginación, alegría y sentido del humor que desconcertó a quienes destinaron para lidiar, liquidar o absorber abriendo la oportunidad de potenciar la autonomía de sus reivindicaciones, que por sus propias limitantes de recursos, técnicas o por un freno moral no llevaron a cabo, pero no es del todo desalentador, si se puede tratar a modo de ensayo o anticipación. Esto despliega posibles futuros escenarios para los disturbios insurgentes, todos serán libres de participar en toda su extensión de su imaginación y energía en unas experiencias y subjetividades que se han venido reforzando y que deben confluir con todas las expresiones de las luchas históricas para trascender la alienación y que la síntesis de esto, convierta la revuelta a una obra de arte popular o una fiesta a la que fueron invitados todos los subalternos, que anteceda al apocalipsis resistiendo en medio de lo extremo y tenebroso de la realidad, […] que no quiera venderse como consuelo tiene que equipararse a lo tenebroso y lo extremo.[2]

En este preciso periodo, esta forma de política ya fue derrocada momentáneamente  por el poder institucional y sus derivadas contra-tácticas, luego de la masacre y la violencia generalizada durante 4 meses consecutivos en 2018. El resultado contrainsurgente del Gobierno de reconciliación y unidad nacional se percibe en el retorno a la pasividad, donde ni el lumpen ni el proletario tiene intenciones de participar, ya sea por fuerzas que lo coaccionan o porque simplemente no les interesa gastar energías en una represión de rangos, siendo el caso de las estructuras burocráticas aprovechadoras de la revuelta y su imposición ante la ideología abnegada disimulando esta estructura: la causa.

Pero aun con todo esto, el enfoque debe consistir en hacerle la guerra a la guerra, que represente a la imaginación y el deseo aplicado conscientemente a la construcción de la experiencia inmediata, empezando y aprovechando la parasitación que lleva el sistema sobre las fuerzas productivas de la población. Que de paso a las formas indisolubles de autorrealización y asaltos objetivos a la vida contemporánea. Donde cada vez tenga más sentido lo murmurado por las calles, que llegado el momento, un pueblo que ha sido inhibido, hará de su única aventura la supresión del estado y sociedad que lo cohíbe; un “afuera absoluto” tan grande que se los tragará sin pecar. Y esto es lo que representa, a un nivel general, la esencia necesaria para el nuevo lumpen y proletariado: un estilo que ilustra concretamente el motivo de nuestro disgusto por la vida en un el Estado de bienestar (sin distinción partidaria: FSLN, MRS, CxL, PLC y el resto del mercado de partidos habidos y por haber) y que prefigura su propio reemplazo.

La encarnación inarticulada en nuestras revueltas encontraba una crítica total a la vida en esta sociedad: una sociedad, un pueblo caracterizado por la exclusión de sus propias vidas, por la represión de los deseos reales, por su reducción a un estado de pasividad y aislamiento en el que es sencillo se manipulable y ser apilados como objetos inanimados, sin importar en qué período histórico se voltee a ver, si conservador, liberal o la degeneración exógena de los sandinistas; el resultado es el mismo y la momentánea catarsis designada en las revueltas contra el poder, mejor asimilados en los periodos de Ortega y los Somoza. Una observación reevaluativa podrá responder a los elementos que la conforman, analizar sus fracasos y limitantes, todo construido desde la aceptación del cambio continuo y con límites necesariamente abiertos y permeables. Como el desconocimiento o nulo intento por otros radicalismos y no solo limitarse a consignas vacías por una patria vacía, a crisis delimitados por el culto a la personalidad y no sistémicas, sin ver como su ideología descompuesta no logra abordar la apatía de las masas. Como estos sucesos basados en la multiplicidad //revueltas// por su propia incompetencia teórica detenían la esperanza de una revolución general y, como ya se ha aclarado que no necesariamente cualquier levantamiento englobado en el texto o el marco histórico era revolucionario, no ver las propias posibilidades del levantamiento proletario implícito en el tiempo a la larga dejará pocos caminos: como continuar con el reformismo y el conciliacionismo de clases antagónicas, que no ha dejado más que la aceptación de la estructura represiva y los intervalos de paz-crisis redundantes, siendo lo contrario a todo lo que se rechazaba en los disturbios, convirtiéndose totalmente en reaccionario. Mientras no haya una crítica del sistema alienado de producción-consumo en el que se asienta este chacuatol llamado Nicaragua, sin la posibilidad de llamar a toda la masa no se puede tratar realmente de transformar nuestra experiencia cotidiana inmediata de la vida porque ninguna reforma fragmentaria cambiará la naturaleza de la cotidianidad vislumbrada con la experiencia sandinista, donde su inconsistente proyecto de gobierno volvió intangible las demandas reales de la subalternidad; y mientras no den paso a  nuevos planos de relaciones productivas en todos los sentidos, capaz de crear un territorio estable solo jugaremos a perder y ellos a ganar tiempo. Será difícil no sentir que la crisis de todos los movimientos está muy avanzada. Se acabará la espontaneidad y con ello, la inocencia de la revuelta,  simplemente mientras no hay una perspectiva radical en los momentos en que se ha vuelto más necesaria solo dirigirá a un trayecto cansino, que esperemos haga dar cuenta sobre sus míseros métodos y  que les lleve a la disociación de sus “lideres” en conjunto a sus agendas; que estas acciones osadas funcionen como un redescubrimiento y formulación de una praxis revolucionaria de autorrealización, no limitada a una minoría vanguardista, sino para toda la masa social, porque la vida todavía tiene que inventarse.

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  1. En septiembre de 1956 el poeta artesano, Rigoberto López Pérez, ajusticia al viejo Somoza […] en los años sucesivos, los movimientos guerrilleros […] comenzarán a tomar una lenta forma de cohesión junto a la resistencia estudiantil y a los movimientos juveniles
  2. Adorno, T. (1970). Teoría estética.